La suerte del inmueble que Moreno concibió como “la presencia del edificio ante el hecho urbano, enlazando con sus enfoques la expresión de sus hitos: los cerros de Monserrate, y Guadalupe”, ha ido de mal en peor desde que se desocupó para proceder al reforzamiento estructural.
A fines de 2014 el Icfes tomó en arriendo oficinas en la carrera 7 con calle 32 para trasladar su operación y adjudicó al Consorcio Aseding & Asociados un contrato para definir las especificaciones del reforzamiento y elaborar los manuales de ejecución de la obra. En diciembre de 2015, publicó un aviso ofertando en venta el emblemático predio y para hacer más atractiva la oferta solicitó a las autoridades de patrimonio la “exclusión como bien de interés cultural del ámbito distrital” del edificio. La petición fue desestimada.
Una década después, encerrado a medias en una valla metálica que tan pronto es muladar como mural de grafiteros y pegoteros de carteles, el edificio es un inmenso nido de ratas y palomas, “utopía efímera”, ausente de una actividad que valide su existencia, como lo define el arquitecto William García, profesor de diseño de la Universidad Javeriana, que lo incluyó en su inventario de obras abandonadas, junto con otras ocho edificaciones patrimoniales bogotanas, entre ellas el Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán, de Rogelio Salmona, en ruinas en el barrio Santa Teresita y el desocupado Edificio ESSO, frente al Parque Nacional, del neoyorquino Douglas Lathrop, donde funcionó la CAR.